Las ciudades crecen, cambian de rostro, de habitantes y de colores.
Y las paredes mudan la piel. Y un día llueve
y se lo lleva todo. Casi todo.
Quedan los rastros de una manera de ser, de una expresión y una manera de hacer.
Pintados, mal dibujados o perfectamente integrados. La ciudad son mil museos y cada muro,
cada esquina,
un lienzo en blanco que devuelve, de un solo trazo, la cultura a la calle.
¿A quién le molestan unos ojos, tres
caballos azules y unos labios pintados en esa pared?
Daniel Verdú